viernes, 15 de agosto de 2014

Capítulo 2.

A altas horas de la noche, un pequeño ejército se encontraba subiendo una montaña escarpada. Eran unos cien hombres, todos ellos con armaduras y cotas de malla. Algunos cargaban con unas grandes y largas cadenas, mientras otros llevaban redes. Al frente iba un hombre más alto y robusto que el resto. Llevaba una gran armadura de color rojo y con detalles dorados en el pecho, y un escudo que podía cubrirlo entero en su brazo izquierdo; la otra mano la tenía preparada para desenvainar la espada que tenía amarrada a la cintura.

Aquella noche no se podía oír más que la respiración agitada de los hombres y el ruido que hacia las armaduras y las cadenas al caminar. Al fin se detuvieron frente a una gran roca y el soldado de la armadura se dio la vuelta para mirarlos a todos. Se quitó el yelmo que le cubría la cabeza para hablar. Su aspecto intimidaba, tenía una fuerte mandíbula y mirada seria. Sus ojos verdes recorrieron de izquierda a derecha a los soldados y al fin comenzó a hablar.

-Ya conocéis las órdenes.- Comenzó a decir con su voz grave y áspera. -El Emperador nos ha mandado aquí confiando en que seríamos capaces de atrapar algunas de estas asquerosas criaturas.
-Pero capitán Aleksandr...- Interrumpió uno de los soldados. Era más esmirriado que el resto y en su voz se notaba el miedo. -Es muy peligroso... Esas bestias nos arrancarán la cabeza o nos comerán vivos en cuanto nos acerquemos.
-Están dormidos.- Respondió el capitán, sin cambiar su tono de voz. -Nos acercaremos con cautela. Si despiertan, no os molestéis en huir, ya que nos perseguirán sin descanso. Luchad. Tenemos que ir a por el líder en primer lugar...
-¿Cómo lo vamos a diferenciar?- Volvía a interrumpir aquel miedoso soldado.
-El líder siempre está en el centro. Además, es el más grande. En cuanto lo matemos, atrapad los que podáis. Tampoco podemos arriesgarnos demasiado, tenemos permiso para matar a los que haga falta. ¿Alguna duda más?- Volvió a callar, esperando a que hablara algún soldado. Como no fue así, volvió a ponerse el yelmo. -En marcha.

Rodearon la enorme roca que los cubría y todos ahogaron un grito de terror. El terreno estaba lleno de restos de animales. El olor era espantoso. Mientras caminaban, se escuchaban las arcadas de los soldados. "No quiero acabar así", decía alguno. Después de largo rato, llegaron a una enorme cueva. Era muy oscura, pero las pocas antorchas que llevaban algunos soldados era suficiente, ya que temían despertar a los monstruos. De dentro de ella se escuchaban unos aterradores ronquidos que retumbaban en las paredes. El capitán Aleksandr dio una orden para que continuaran caminando. La caverna tenía un techo muy alto, por el que revoloteaban algunos murciélagos. Los huesos de los animales crujían cuando pasaban por encima. Los ronquidos cada vez se escuchaban más cercanos, hasta que llegaron a una enorme sala. Los hombres volvieron a aguantar la respiración.

Unas criaturas enormes de aspecto humano dormían en el suelo. Medían entre cuatro y siete metros. Estaban completamente desnudos y cubiertos de mugre. Muchos tenían enormes heridas, dientes rotos y a alguno también le faltaba alguna extremidad. Eran gordos y apestosos. Dormían agarrando grandes garrotes con pinchos. En el centro se podía diferenciar al de mayor tamaño. Llevaba puesta la cabeza de otro gigante, el anterior líder de la manada, como trofeo.

En cuanto vieron al capitán avanzar lentamente, los demás lo siguieron. Cada vez que alguna armadura o las cadenas tintineaban, los gigantes más cercanos emitían gruñidos. El soldado esmirriado, que iba entre los primeros de la fila, temblaba y miraba a ambos lados mientras esquivaba a las bestias. En ese momento tropezó con la cabeza de un gigante. Dejó escapar un grito de terror y se le cayeron las cadenas. Todos los soldados se habían quedado paralizados mirando en dirección al ruido estrepitoso que había provocado. Pasaron unos segundos, pero ningún gigante se había movido, así que suspiró aliviado mientras se disponía a recoger las cadenas. En ese momento una enorme mano agarró la pierna del soldado y lo lanzó por los aires.

Habían despertado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario