Aquella era la primera vez que la joven visitaba la capital, y a decir verdad estaba un poco emocionada por haber salido de aquella pequeña aldea en la que había vivido sus diecinueve años de vida. Unos diecinueve años de penuria, sangre y otras malas experiencias que habían mellado su corazón hasta un punto considerado inhumano. Sabía que todos la conocían, sabía que la temían, y que pese a todo ello, harían todo lo posible por ignorar su existencia y ni siquiera pronunciar su nombre, considerado de mala fortuna. Hacía tantísimo tiempo que no hablaba con nadie que había dejado de sentir la necesidad de relacionarse con el mundo. En su mundo ahora sólo estaba ella, y vivía por ella y nada más que ella.
Caminaba sin aparente entusiasmo por las calles de la capital del recién levantado imperio humano mientras se oían susurros a su caminar y la gente se apartaba con temor. Sabían que llegaría, y sabían por qué. Ella los ignoró, como siempre había hecho y prosiguió por las abarrotadas calles llenas de bazares, vendedores ambulantes, campesinos... Y algo le llamó la atención. Un viejo herrero había recién terminado de forjar un sable japonés de un filo hermoso; tan fino y afilado que parecía cortar sólo con mirarlo.
-¿Te interesa ese? Pues me temo que no está en venta. Lo he forjado exclusivamente para el Emperador.
Dijo, mientras seguía martillando el blando acero de la nueva espada que creaba. Ni siquiera le había dirigido la mirada.
-¿Estás seguro de que ese Emperador sabría utilizar ese sable como se merece?
El viejo resopló y alzó la mirada, perdiendo el equilibrio de su silla de madera y cayendo hacia atrás estrepitosamente. Otra vez aquella mirada de terror.
"¡Ha hablado con La Muerte! ¡Ahora estará maldecido para toda su eternidad!" Se escuchaba entre la multitud.
Con el pulso tembloroso cogió la espada y la tiró lejos de allí, aprovechando para levantarse y ponerse a una distancia segura.
-¡Es toda tuya! ¡No me asesines, por favor!
Ella se aproximó al arma de belleza hipnótica y la empuñó con fuerza, bajo las miradas aterrorizadas de los lugareños, y luego la metió en una de las fundas de cobre que colgaban del techo del tendero. Se la colocó en el cinturón de cuero y se inclinó en señal de agradecimiento, sin pronunciar ninguna otra palabra.
Siempre sucedía lo mismo. Era imposible para ella pasar desapercibida, como última humana del Este sus rasgos asiáticos destacaban demasiado entre la población ahora mayoritariamente formada por occidentales y Huilliches, o gente del sur. Se decía que todo el oriente había perecido tras la aparición de La Cicatriz, una enorme falla que se consideraba eternamente profunda y que había sido el resultado de la investigación de la antigua civilización humana. O al menos eso era lo que se contaba en los pocos libros que habían sobrevivido a una catástrofe que movió los antiguos seis continentes hasta formar uno exclusivo. Pero ella sabía perfectamente que los Orientales no se habían extinguido ni por culpa de La Cicatriz, ni por culpa de los elfos, ni de los enanos, ni de ninguna otra raza que había llegado a través de ella. Ella sabía que el ser humano se había destruido a sí mismo, y que en su afán de intentar unificar todas sus fuerzas contra los nuevos invasores sometieron a la mayoría de la población; inexperta en el arte de la lucha.
Por eso ella había decidido ser diferente. Desde pequeña entrenó duramente en el manejo de todo tipo de armas y su fama como asesina había llegado hasta el mismísimo emperador.
No guardaba rencor a ninguno de los ahora normales seres que poblaban la tierra, pero no tenía respeto ninguno por la vida humana. Los consideraba seres despiadados, capaces de cometer atrocidades solamente por poder, o por salvar su propia vida. No solamente habían enviado al campo de batalla a campesinos en el pasado, sino que seguían haciéndolo. Luchaban una guerra perdida, pero su orgullo les cegaba y les impedía ver la verdad.La verdad de ciudades hambrientas, de un riesgo de casi el cien por cien de morir en batalla, de niños huérfanos que un buen día desaparecen de las calles y al día siguiente mágicamente hay comida para la parte baja del mundo... De familias destrozadas por el horror de la guerra y de campos de cadáveres.
"¿Estás seguro de que es ella?" "No cabe duda, mira su pelo. Es tan fino, lacio y oscuro como cuentan las leyendas..."
Finalmente llegó al puente de unión entre la población y el castillo. No le hizo falta mencionar quién era ni por qué estaba allí. El portón se abrió con un quejido oxidado y la chica entró hacia su encuentro con el ahora gobernador del mundo.
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