lunes, 8 de septiembre de 2014

Capítulo 4.

Ninguno de ambos volteó siquiera a mirarla. Abrieron el portón y lo cerraron con rapidez tras que ella hubiese entrado. Oyó susurros, y ya estaba acostumbrada a dichos, así que siguió de largo por un enorme pasillo con una alfombra de color rojo adornada con lo que parecían ser hilos de oro. El mundo pudríendose lentamente en la hambruna y este señor llamado Emperador era tan ajeno a la situación o bien tan desgraciado como para osar tener tal cantidad de fortuna, qué repugnante le parecía. Otros dos guardias la miraban con el rabillo del ojo mientras abrían la enorme puerta de cobre que daba paso al lugar en el que la aguardaba con ansia el Emperador. 
Cerraron la puerta y varios de los guardias que estaban presentes en la sala se despidieron con una reverencia y se marcharon tras un leve movimiento de cabeza de dicha persona que resultaba de todo menos imponente. Era un hombre ya mayor, regordete y canoso que rondaría los cincuenta años. Todo en él resultaba excesivamente estrafalario: llevaba una capa que, quizás por su altura, se arrastraba en el suelo, llena de adornos de diferentes colores y tela. También portaba un estoque, que ella apostaba que ni siquiera sabía utilizar, eso junto con aquella enorme corona llena de joyas del tamaño de puños y esa ropa de color dorado que apostaba también estaba hecha de algún material preciado le hacían en conjunto un hombre ostentoso y desagradable. Era una de las pocas personas que podía permitirse mirarla directamente a los ojos sin titubear, y en parte esto la desconcertó un poco. 
A su lado había un hombre tosco de ojos verdes con una enorme armadura rojiza que también parecía de lo más estrafalaria. Este también la miraba, pero con un aire de desconfianza. 
-Me alegro de que haya llegado a salvo de su viaje, señorita...

¿Estaba preguntándole su nombre? Porque ni ella lograba recordarlo ya. Asintió, haciendo caso omiso a dicha pregunta.
-Sí, ha sido un viaje largo y duro, pero he llegado bien y un poco antes de lo previsto. 
-Entonces supongo que ya no hará falta que le enseñe lo viva que está esta ciudad.
-Sí, está rebosante de vida... y de muerte. 

El hombre tosco se aclaró la garganta y la miró con cara de pocos amigos. Ella no se inmutó.

-Ah, sí, le presento al Capitán Aleksandr. Es mi hombre de confianza y un gran guerrero, como podrá ver. 
El hombre hizo otra reverencia y volvió a colocarse muy erguido, como si fuese una estatua. Sujetaba una enorme espada entre las manos, que tenía pinta de pesar bastante y ahora que se había fijado en él con más detenimiento, parecía algo magullado.
-Ya veo que sus expediciones no es que tengan mucho éxito. 
Dijo ella, descortés. 
El hombre no se movió del lugar, y el Emperador soltó una risa que ella suponía era de nerviosismo ante haber dado en el clavo.
-Bueno... Es difícil que tengan éxito, ya que nos enfrentamos a cosas inhumanas. 
Ella asintió.
-Sí, cosas inhumanas que sin embargo son más humanas que ustedes. 
El hombre esta vez se movió amenazante, pero el Emperador le detuvo antes de que pudiese hacer cualquier acción.
-¿Y bien? ¿A qué se debe esta cita? 
El Emperador asintió repetidas veces y se sentó, sudoroso. Al parecer sus pequeñas patitas no podían soportar mucho tiempo con su enorme barriga. 
-Necesito que robes cierta información... 
-¿Tengo que repetir que me dedico solamente a asesinatos? No pienso ayudarle a usted ni a sus expediciones, ni a su imperio, ni a la humanidad...- Dijo, alzando la voz peligrosamente y cansada de las continuas llamadas para recolectar información sobre el bando enemigo y demás- Yo soy La Muerte. Simplemente decido quién vive y quién muere, no me dedico a otra cosa, soy algo que llega naturalmente y, como veo, algo innecesario. Este imperio...
-¡Suficiente! 
El hombre robusto alzó la voz por encima de ella y varios guardias se asomaron por las puertas laterales alterados. 
El Emperador, que parecía tremendamente irritado ante la falta de modales de su invitada, le restó importancia con un gesto de su mano y el ambiente se notaba tenso, pese a que los guardias se habían marchado y el hombre robusto parecía haberse controlado a si mismo.
-No sé si me he explicado bien... Es que tampoco es que tengas otra opción. Soy el Emperador ¿Lo olvidas? YO soy quien decide quién vive y quién muere. Y puedo decidir tu muerte si te niegas.
-Adelante. Si me ha llamado a mí es porque ningún otro soldado de juguete suyo puede hacerlo. Me necesita viva ¿No es así? Es un poco deshonroso tener que contratar a una asesina delante de su mejor hombre. 
Las palabras afiladas parecieron clavarse entre los huecos de la armadura del hombre.
-Está bien, entonces te pediré que asesines. 
El hombre de armadura se movió pesadamente y sacó de su cinturón un papel arrugado y amarillento. Era un papel donde estaba dibujado un chico que probablemente tendría unos pocos años menos que ella, de pelo oscuro y lacio y ojos amenazantes que centelleaban, aunque se tratase de un dibujo. 
-Este es tu objetivo. No sabemos su nombre, por desgracia. Solamente sabemos que no es humano, pese a su apariencia. 
Ella asintió y se guardó el papel en uno de los bolsillos de su pantalón corto verdoso. 
-Bueno, con su permiso me despido ya. 
-¡Espere! Aleksandr irá con usted. Él ha recibido órdenes ya de nuestro estratega, y sabemos como encontrarle. Le será de ayuda...
-Alguien con algo tan estrafalario puesto y con tantas magulladuras no parece la persona más indicada para caminar junto a una asesina sigilosa. 
-Si es por sus ropajes, no se preocupe, se pondrá algo más corriente. En cuanto a sus habilidades, estoy seguro de que estará más que a la altura de usted, damisela. Aguarde en la plaza central, en unos momentos Aleksandr irá para allá en su búsqueda. 
Ella asintió. Era un fastidio tener que trabajar en equipo con alguien que tenía pinta de ser extremadamente lento, pero lo hizo como un acto de cortesía ante su comportamiento descarado. 
Aguardó en la plaza rodeada de gente que iba y venía con frutas, verduras y otros alimentos. Entonces recordó que era humana y que probablemente llevaría un día sin comer. Se apresuró a acercarse a uno de los puestos que vendían manzanas rojas y exquisitas cuando una explosión y una serie de escombros volaron por toda la zona. Se puso a cubierto antes de que ninguno de ellos pudiese darle y con una agilidad sorprendente subió al tejado de paja del puesto y corrió entre tejados hasta llegar al lugar de la explosión. Ante sus ojos vio a aquel joven de ojos llameantes convertirse en una bestia alada de un tamaño increíble. Se quedó oculta en el tejado mirando con expectación a su presa, mientras este era capturado bajo una red y volvía a ser humano. Hablaba con un hombre que, por el polvo de la explosión, sólo logró ver su silueta. No supo si continuar persiguiendo el destino de su presa o aguardar en la plaza al hombre con el que debía cumplir dicha misión. 
Dudó, pero como había dado su palabra y no quería faltar a dicha, dio media vuelta y volando por aquellos tejados volvió al lugar de espera y aguardó pacientemente.

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